El Porve ganó después de nueve partidos, pero con suspenso.
Adriano Oscar Fariña marcó el único gol de la tarde ante Lugano.
Si es hincha de El Porvenir seguramente le gustan las
películas de drama. Esas que te hacen llorar y te tienen en vilo hasta el
final. Pero ayer el conjunto de Gerli pasó por todos los géneros hasta llegar a
la comedia, a la que te alegra, a la que te hace festejar. Porque logró una
victoria importantísima después de nueve partidos, de los que había perdido
cinco. Pero la gama de películas dentro de un mismo partido estaba abierta y
había para todos los colores. Porque primero fue una de terror, con el equipo
de Marcelo Pascutti cometiendo los mismos errores que en partidos anteriores:
sin firmeza en la marca, pocas ideas a la hora de generar juego y para colmo de
males, errando goles debajo del arco de Cristian Ferlauto. De ahí al drama
mismo, con un Lugano que manejaba a piacere la pelota, pero que no tenía punch,
y con un Porvenir que seguía errático, impreciso, dubitativo. El Chino
Fernández era el villano favorito de la platea cuando tuvo esas dos
oportunidades que increíblemente no convirtió.
Hasta que apareció el actor principal, ese al que no le
duelen los golpes, que no necesita doble de riesgo para entrar al área y
tirarse con todo para marcar el único gol de la tarde: Oscar Adriano Fariña,
quien merecería una estatuilla, pero prefiere ir a buscar en su grito de
desahogo a su director, a ese que le dio luz, cámara y acción a la jugada del
gol: el propio Fernández que desbordó por la derecha y metió un centro
envenenado que Fariña empujó al gol. ¿Justo? Quizás no tanto, pero sí efectivo
para un equipo que no la venía metiendo y que se sacó la mufa. Para el final
quedó la de suspenso con un conjunto local que se metió muy atrás, que cedió
terreno y balón al Naranja de Tapiales, y si bien no sufrió sobresaltos,
terminó pidiendo la hora e implorando al cielo.
La victoria se necesitaba como el agua, y el miércoles en
otra prueba de fuego ante Yupanqui, El Porve intentará revalorizarse y empezar
a creer que de verdad puede ser una película taquillera, de esas que rompen
récords y de las que se hablan por lo bien que les va.
Por Diego Bever.
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